Los arqueólogos mexicanos descubren un entramado simbólico parecido a un paisaje lunar que aporta más información sobre la misteriosa metrópolis mesoamericana.

Al levantar el corazón de la Plaza de la Luna, una de las zonas más importantes de la ciudad de Teotihuacan, los arqueólogos se han encontrado debajo de la tierra con algo parecido a un queso gruyer. Fosas decoradas con estelas de piedra verde, pasadizos y más de 400 perforaciones circulares en las rocas rellenas con cantos de río. Un entramado simbólico que recuerda también a un paisaje lunar repleto de cráteres y que podría corresponder con el mapa del universo a ojos de los antiguos teotihuacanos.


Los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que llevan un año trabajando en la zona, resaltan la importancia del hallazgo, que aporta algo más de información sobre la misteriosa civilización que construyó esta imponente ciudad en el valle de México hace 1.900 años.


Los investigadores están tirando del hilo para profundizar en los orígenes de este espacio ritual, que habría sido modificado a lo largo de los años. «Una investigación anterior ya había apuntado que tenía una planta que semejaba a un “quincunce” o “cruz teotihuacana”, que está asociada a un orden cosmológico, pero no había más elementos para entender esto. Cuando hallamos estas fosas y las estelas de piedra verde empezamos a generar la idea de que, efectivamente, fue un espacio con una carga simbólica que une la parte subterránea, el inframundo, con el plano celeste», detalla la arqueóloga.

Los investigadores están tirando del hilo para profundizar en los orígenes de este espacio ritual, que habría sido modificado a lo largo de los años. «Una investigación anterior ya había apuntado que tenía una planta que semejaba a un “quincunce” o “cruz teotihuacana”, que está asociada a un orden cosmológico, pero no había más elementos para entender esto. Cuando hallamos estas fosas y las estelas de piedra verde empezamos a generar la idea de que, efectivamente, fue un espacio con una carga simbólica que une la parte subterránea, el inframundo, con el plano celeste», detalla la arqueóloga.

Deidades acuáticas

A través de pozos de sondeo y estudios del subsuelo mediante radares de penetración terrestre, los investigadores constatan que la Plaza de la Luna no era como ahora la ve el visitante. La construcción original estaba formada por multitud de hoyos, canales y estelas que abarcaban un territorio aún más extenso. Los edificios adjuntos estaban más retirados y la Pirámide de la Luna, levantada al final del periodo, entre los años 350-550 d.C., era de menores dimensiones a los actuales 42 metros de altura y 18.000 metros cuadrados de base. «El tepetate que conforma la superficie de la Plaza de la Luna fue modificado. Se han identificado más de 400 oquedades usadas a lo largo de cinco siglos, pequeños hoyos de 20-25 centímetros de diámetro y unos 30 centímetros de profundidad que se hallan en toda la extensión de la plaza. En muchos de ellos había piedras de río, traídas de otro lugar», añade Ortega.

Los arqueólogos creen que la piedra verde de las fosas proviene de la región de Puebla —a más de 100 kilómetros de distancia de la capital mexicana— , al igual que otra decena de estelas halladas anteriormente en Teotihuacan. «Aunque tenemos un contexto aún por comprender en su totalidad, éste nos habla de la importancia de la piedra verde y de su vinculación con las deidades acuáticas. Aquí (en la Plaza de la Luna) se han encontrado las esculturas más grandes de la diosa de la fertilidad Chalchiuhtlicue, y es probable que el culto en este lugar estuviera íntimamente relacionado con ella». El equipo de investigadores está formado por arqueólogos, arquitectos, restauradores, físicos y diseñadores industriales. El objetivo de este proyecto multidisciplinar es trazar un mapa completo de la zona que permita una radiografía más precisa de los misteriosos habitantes de la ciudad de Teotihuacan.


Fuente MysteryPlanet
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